Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¿No te he dicho ya que cdeía que era una tdampa para datones? —replicó el indignado orador—. Pod favod, hombde señod, ¿podería haced que Silvia pdestase atención? —Esto hizo callar a su hermana, que pasó a ser toda oídos; de hecho, ella y yo habíamos pasado a ser la práctica totalidad de la audiencia, pues las ranas no paraban de marcharse dando saltos, y apenas quedaban ya allí unas pocas.

»Así que el datón le dio al hombde su zapato. Y el hombde se puso a dad botes, podque sólo tenía uno, y tenía muchas ganas de encontdad el otdo.

En ese momento aventuré una pregunta:

—¿Te refieres a botes de alegría o a que iba a la pata coja?

—A las dos cosas —dijo Bruno—. Y el hombde sacó a la cabda del saco. —«Pero no habías mencionado el saco antes», dije yo. «Ni lo volveré a haced», —contestó Bruno—. Y le dijo a la cabda: «Te quedarás pod aquí hasta que yo vuelva». Y el hombde se fue y cayó en un pdofundo hoyo. Y la cabda dio vueltas y más vueltas. Y pasó bajo el ádbol. Y meneó la cola. Y levantó la vista hacia el ádbol. Y cantó una tdiste cancioncilla. ¡Nunca habéis oído una igual!

—¿Puedes cantarla, Bruno? —le pedí.

—Sí, puedo —respondió Bruno en el acto—. Pero no lo haré. Haría llorad a Silvia…


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