Silvia y Bruno
Silvia y Bruno De manera que eché a andar tranquilamente por el andén, «jugando» (como dicen los niños) con entrega a que la pasajera que resultaba estar allí, sentada en ese banco, era la lady Muriel que yo tan bien recordaba. Tenía el rostro vuelto hacia el otro lado, lo cual ayudó al elaborado engaño al que me estaba sometiendo a mí mismo, pero aunque tuve cuidado, al pasar por el lugar, de mirar en la dirección opuesta con idea de prolongar la agradable ilusión, fue inevitable que, al girarme para desandar el paseo, viera de quién se trataba: ¡lady Muriel en persona!
La escena al completo retornó entonces vívidamente a mi memoria y, para acrecentar aún más la extrañeza de esta repetición, allí estaba el mismo anciano al que yo recordaba haber visto echado con tan malos modos por el jefe de estación a fin de hacerle sitio a su noble pasajera. El mismo, pero «con una diferencia»: ya no caminaba tambaleándose frágilmente por el andén, sino que de hecho se encontraba sentado al lado de lady Muriel, ¡y hablando con ella!
—Sí, guárdeselo en el monedero —decía esta última—, y recuerde que ha de gastárselo todo en Minnie. ¡Y procure llevarle algo bonito, eso le hará mucho bien! ¡Y dele recuerdos! —Tan absorta estaba al pronunciar estas palabras que, a pesar de que el sonido de mis pasos le había hecho levantar la cabeza y mirarme, al principio no me reconoció.