Silvia y Bruno
Silvia y Bruno 
Levanté mi sombrero al acercarme, y entonces su cara adoptó en el acto una sincera expresión de alegría que recordaba de manera tan exacta al dulce rostro de Silvia, la última vez que nos vimos en los Jardines de Kensington, que me quedé totalmente perplejo.
En vez de molestar al pobre anciano a su vera, se levantó de su asiento y se unió a mi paseo por el andén, y durante unos minutos nuestra conversación fue tan absolutamente banal y corriente que parecía que no fuésemos más que dos invitados a una cena que acababan de conocerse en el salón de una casa de Londres. Daba la impresión de que ninguno de los dos se atrevía, inicialmente, a abordar los temas más serios que enlazaban nuestras vidas.
El tren de Elveston se detuvo junto al andén, mientras hablábamos y, obedeciendo la servil indirecta del jefe de estación. —«¡Por aquí, milady! ¡Es la hora!»—, nos dirigíamos como podíamos hacia el extremo que alojaba el único coche de primera clase; estábamos pasando justo por delante del banco ahora vacío, cuando lady Muriel vio sobre él, tirado, el monedero en el que su obsequio había sido tan cuidadosamente depositado, mientras su dueño, inconsciente por completo de su pérdida, era ayudado a subir a un vagón del otro extremo del tren. Lady Muriel corrió al instante a por el objeto.