Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Pobre anciano! —exclamó—. ¡No debe irse pensando que lo ha perdido!
—¡Deje que se lo lleve yo! ¡Puedo correr más deprisa que usted! —dije. Pero ella ya habÃa recorrido medio andén, volando («corriendo» es una palabra demasiado mundana para una forma de moverse tan parecida a la de un hada) a una velocidad que sobrepasaba de manera inevitable cualquier posible esfuerzo por mi parte.
Estuvo de regreso antes de que yo pudiese completar mi audaz fanfarronada sobre mi celeridad como corredor, y dijo, de manera totalmente recatada, mientras subÃamos a nuestro coche:
—¿Y de verdad piensa usted que podrÃa haberlo hecho más rápido?
—¡En absoluto! —contesté—. Me declaro «culpable» de flagrante exageración, ¡y dejo mi suerte a la merced del tribunal!
—El tribunal lo pasará por alto… ¡esta vez! —Entonces, de súbito, su actitud pasó de picara y jovial a una gravedad inquieta.
—¡No tiene muy buen aspecto! —dijo con una mirada de preocupación—. De hecho, creo que se le ve más inválido que cuando nos dejó. De veras dudo que Londres le siente bien.