Silvia y Bruno
Silvia y Bruno su desánimo, ¿a quién extrañaría?
No obstante, dado que sus fondos volaban,
¿en qué se gastaba su esposa el dinero?
«¡Me estás saliendo por veinte libras diarias,
como poco!», chilló Tottles (e iba en serio).
«¡Son esas visitas sociales, ya sabes!
Es algo que jamás me paré a pensar:
“No podemos faltar —decía mi madre—
o por unas ‘cualquieras’ nos tomarán”.
Estaba segura de que esa diadema
de brillantes era de mamá un obsequio,
¡hasta que la factura entró por la puerta!».
«¡Víbora!», espetó Tottles (e iba en serio).
La señora T. no pudo aguantar más,
y se desplomó cuan larga era: ¡plaf!
La suegra, de gran angustia poseída,
trata en vano de despertar a su hija.
«¡Deprisa! ¡Toma estas sales aromáticas!
Es buena chica, James, pese a sus defectos:
¡después te arrepentirás, si la regañas!».
«¡Lo sé muy bien!», gimió Tottles (e iba en serio).
«Fui un auténtico idiota —Tottles chilló—
al escoger como futura a su hija.
¡Fue usted quien nos mandó hacer ostentación