Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —SÃ, y temblaba mucho; y se fue poniendo cada vez más pálido, de tal forma que, antes de que llegaran a lo alto de la colina, se habÃa convertido en un corderito blanco… ¡tan blanco como la nieve!

—¡Pero Bduno no estaba asustado! —aclaró el propietario del nombre—. ¡Asà que siguió siendo negdo!
—¡No, qué va! ¡Siguió siendo rosa! —rio Silvia—. Si fueras negro, no te darÃa besos como este, ¿sabes?
—¡TenerÃas que hacedlo! —dijo Bruno con gran decisión—. Además, Bduno no era Bduno, ya sabes… quiero decid, que Bduno no era yo… esto… ¡no digas tonterÃas, Silvia!
—¡No volverá a pasar! —se excusó Silvia con gran humildad—. AsÃ, mientras continuaban su camino, el león dijo: «Oh, voy a contaros lo que solÃa hacer cuando era un joven león. TenÃa la costumbre de agazaparme detrás de los árboles, a la espera de niñitos. —Bruno se abrazó con más fuerza a su hermana—. Y, si pasaba por allà un niño flacucho y esmirriado, solÃa dejarlo ir. Pero si se acercaba un niño regordete y jugoso…».
Bruno no pudo soportarlo más.
—¡Haz como que no era jugoso! —suplicó, medio sollozando.