Rojo, blanco y sangre azul
Rojo, blanco y sangre azul —“¿Crees que alguna vez dejaremos de pelear?” pregunta Henry, su voz tranquila, pero con un peso detrás de las palabras. Alex sonríe, girando ligeramente para mirarlo. —“Nunca. Pero nunca he querido pelear tanto por algo en mi vida.”
Henry aprieta la mano de Alex, como si esa simple acción pudiera sellar el compromiso que han hecho: no solo entre ellos, sino con el mundo.
Con el tiempo, las críticas se apagan, reemplazadas por un murmullo de aceptación. Las fotos de Alex y Henry caminando juntos se convierten en algo común, no un escándalo. El amor que antes parecía un desafío insuperable se normaliza, no sin esfuerzo, pero con una sensación de logro palpable.
Un día, mientras caminan por las calles de Austin, una mujer mayor se acerca a ellos. Su expresión es cálida, y su voz tiembla ligeramente al hablar. —“Gracias por lo que hicieron. Por lo que significan. Mi nieta... ella finalmente sintió que podía ser ella misma después de verlos.”
Henry la mira, conmovido, mientras Alex sonríe. —“Eso es todo lo que queríamos. Ser quienes somos y dar a otros el valor para hacer lo mismo.”