El Primer loco

El Primer loco

—No; muy propio quizĂĄ de nuestra defectuosa naturaleza. Ninguna compasiĂłn, ningĂșn respeto me inspiraban entonces ni su humildad de corderillo, ni su casi infantil candor, porque en la vida a que desde hacĂ­a algĂșn tiempo venĂ­a entregĂĄndome habĂ­a aprendido a despreciar a las mujeres. Me inspiraban profunda aversiĂłn las amaestradas en amorosas lides, y tedio y aburrimiento las que eran todavĂ­a como cerrados y virginales capullos. En Ă©stas me parecĂ­a insoportable lo que yo llamaba su imbĂ©cil candidez y su insĂ­pida inexperiencia, y en las otras Ă©rame odiosa la gazmoñerĂ­a de las unas y la impertinente jactancia que de sabias y experimentadas hacĂ­an las demĂĄs. Ninguna, absolutamente ninguna, habĂ­a logrado disipar ni por un momento mis eternas tristezas. En cambio todas me parecĂ­an odiosas, y Berenice, mĂĄs irreemplazable, mĂĄs divina que nunca, se me representaba entonces avivando en mi corazĂłn aquellos deseos inmortales que por ella me consumĂ­an.

Precisamente, y acaso para mayor castigo mĂ­o, era Esmeralda la que en aquel mismo bosque, testigo un dĂ­a de mi felicidad, me la recordaba de un tan doloroso modo, que era para mĂ­ en ocasiones un verdadero tormento el permanecer a su lado, pues habĂ­a algo en aquella criatura que me atraĂ­a, y algo que me la hacĂ­a aborrecible, ya que al tocarla encontraba en ella el desconsuelo, la nada, el vacĂ­o.


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