Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Oyolo un bandolero y enarboló la culata de un arcabuz, con la cual, sin duda, le abriera la cabeza, si Roque Guinart no diera voces que se detuviese. Pasmose Sancho, y se propuso no descoser los labios en adelante. Llegó en esto uno de aquellos escuderos que estaban puestos de centinelas, y éste dijo que por el camino de Barcelona se acercaba un gran tropel de gente.

—¿Has echado de ver —preguntó Roque— si son de los que nos buscan, o de los que nosotros buscamos?

—De los que buscamos —respondió el escudero.

Mandó Roque que se los trajesen todos, sin que escapase ninguno. Y en la espera dijo Roque a don Quijote:

—Yo, de mi natural, soy compasivo y bien intencionado, pero el querer vengarme de un agravio que se me hizo da con todas mis buenas intenciones en tierra. Y, como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, se han eslabonado las venganzas de modo que tomo a mi cargo, no sólo las mías, sino también las ajenas.

—Señor Roque —respondió don Quijote—, vuestra merced está enfermo, conoce su dolencia, y Dios, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco y no de repente y por milagro. Véngase conmigo y pasará tantas desventuras que, tomándolas por penitencias, se ganará el cielo.


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