La gaviota

La gaviota

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TREPLIOV.—Le duele que en una escena tan pequeña como ésta sea Zariéchnaia y no ella la que coseche los aplausos. (Mira el reloj.) Es todo un caso psicológico mi madre. Tiene talento, no hay duda; es inteligente, es capaz de conmoverse y llorar leyendo un libro, puede recitarte de memoria a Nekrásov de cabo a rabo; asiste a los enfermos como un ángel; ¡pero que no se te ocurra, en presencia suya, decir unas palabras de alabanza para la Duse! ¡Avisado estás! Hay que alabarla sólo a ella, hay que escribir sólo acerca de ella, hay que gritar de entusiasmo por su extraordinaria interpretación de La Dame aux camélias o de Los efluvios de la vida; pero como aquí, en el campo, este opio falta, ella se aburre y se irrita, todos somos enemigos suyos, todos somos culpables. Además, es supersticiosa, tiene miedo a tres velas encendidas y al número trece. Es avara. En un Banco de Odesa guarda setenta mil rublos, me consta. Pero si le pides que te preste algo se te pone a llorar.

SORIN.—Se te ha metido en la cabeza que tu obra no gustará a tu madre y ya te inquietas, eso es. Tranquilízate, tu madre te adora.




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