La gaviota
La gaviota SORIN.—Si yo tuviera dinero, le habría dado yo mismo, está claro; pero no tengo ni cinco. (Se ríe.) El administrador se me queda con toda la pensión que cobro y la gasta en agricultura, en ganadería, en apicultura, y mi dinero se pierde inútilmente. Las abejas se mueren, se mueren las vacas; los caballos, no me los dan nunca…
ARKÁDINA.—Cierto, dinero tengo, pero soy una artista; ya los vestidos son una ruina.
SORIN.—Eres buena, simpática… Yo te estimo… Sí… Pero otra vez me ocurre algo… (Se tambalea.) Me da vueltas la cabeza. (Se apoya en la mesa.) Me siento mal, eso es.
ARKÁDINA.—(Asustada.) ¡Petrusha! (Esforzándose por sostenerle.) Petrusha, querido… (Grita.) ¡Ayudadme! ¡Socorro!…
(Entran Trepliov, con la cabeza vendada, y Medvedenko.)
ARKÁDINA.—Se siente mal.
SORIN.—No es nada, no es nada… (Se sonríe y bebe agua.) Ya ha pasado… eso es…
TREPLIOV.—(A su madre.) No te asustes, mamá, esto no es peligroso. Ahora le pasa a menudo. (A su tío.) Acuéstate un rato, tío.
SORIN.—Un poco, sí… De todos modos haré el viaje hasta la ciudad… Me tumbaré un rato y luego iré… está claro… (Camina apoyándose en el bastón.)