La gaviota

La gaviota

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DORN.—Quería llegar a ser consejero de Estado y ha llegado a serlo.

SORIN.—(Riéndose.) Esto no lo buscaba. Vino por sí mismo.

DORN.—Manifestar descontento de la vida a los sesenta y dos años, reconózcalo usted, no es generoso.

SORIN.—¡Qué tozudo! ¡Pero comprenda que se tienen ganas de vivir!

DORN.—Esto es poco serio. Según las leyes de la naturaleza, toda vida ha de tener un fin.

SORIN.—Usted razona como un hombre ahíto. Usted va harto y por esto es indiferente a la vida, a usted todo le da lo mismo. Pero también a usted le causará pavor morir.

DORN.—El miedo a la muerte es un miedo animal… Hay que vencerlo. Conscientemente, sólo temen la muerte los que creen en la vida eterna y se asustan de sus pecados. Pero usted, en primer lugar no es creyente; en segundo lugar, ¿qué pecados le atribulan? Ha prestado sus servicios en el Departamento de Justicia durante veinticinco años, y eso es todo.

SORIN.—(Riéndose.) Veintiocho…

(Entra Trepliov y se sienta en un escabel, a los pies de Sorin. Masha no aparta de él sus ojos.)

DORN.—No dejamos trabajar a Konstantín Gavrílovich.

TREPLIOV.—No, no importa. (Pausa.)


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