La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Los paseos por Aleksándrovsk y sus alrededores con el funcionario de correos autor de Sajalinó dejaron en mí una agradable impresión. El lugar que con mayor frecuencia visitábamos era el faro que se alza en lo alto de la colina, en el cabo de Zhonker. De día, visto desde abajo, no es más que una simple casita blanca con un poste y un fanal, pero de noche brilla en las tinieblas y parece como si el penal contemplara el mundo con su ojo rojo. El camino que lleva a la casita es tortuoso, lleno de revueltas, y discurre entre viejos alerces y abetos. Cuanto más se asciende, más libremente se respira; el mar se extiende ante la vista, y poco a poco se deja uno ganar por pensamientos que nada tienen que ver con la cárcel, los trabajos forzados o la colonia de exiliados, y se vuelve uno consciente de lo triste y dura que es la vida allí abajo. Los colonos y presos cumplen su pena día tras día y las personas libres se pasan el día hablando de uno al que azotaron, de otro que logró escapar, de un tercero al que atraparon y será azotado. Resulta extraño que, en una semana, uno mismo se acostumbre a esas conversaciones y preocupaciones; lo primero que hago al despertar es ocuparme de las ordenanzas del general, el diario local, y luego me paso el día entero oyendo hablar de un preso que se ha escapado, de otro al que han azotado, etc. Pero en la montaña, a la vista del mar y de los impresionantes acantilados, todo eso adquiere su verdadero valor, trivial y vulgar.