La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Esos ocho hombres son reincidentes, condenados varias veces a lo largo de su vida. Uno de ellos, un viejo de sesenta años, ha sido encadenado por varias tentativas de fuga o, como él mismo dice, por una tontería. Por lo visto está enfermo de tisis y el antiguo inspector de la cárcel, llevado de la compasión, le permite acomodarse cerca de la estufa. Otro, antiguo revisor del ferrocarril, fue condenado por pillaje de iglesias, y ya en Sajalín se vio envuelto en un caso de falsificación de billetes de veinticinco rublos. Cuando una de las personas que recorría las celdas conmigo le reprendió por haber saqueado la casa de Dios, respondió: «Bueno, ¿y qué? Dios no necesita dinero». Luego, advirtiendo que sus compañeros no se reían y que sus palabras habían causado una impresión desagradable, añadió: «Al menos no he matado nunca a nadie». Otro, un antiguo marino militar, fue enviado a Sajalín por una infracción grave: había levantado la mano contra un oficial. Ya en el penal, agredió a no sé quién; la última vez, atacó al inspector de la cárcel, que le había condenado a recibir varios azotes. Su abogado defensor explicó ante el tribunal militar que su comportamiento agresivo se debía a una patología particular; el tribunal lo condenó a muerte, pero el barón A. N. Korff le conmutó la pena por cadena perpetua, azotes y cadenas. Todos los demás han sido condenados por homicidio.


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