La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Sobre el carácter de los guiliakos los autores emiten opiniones diversas, pero todos están de acuerdo en que no es un pueblo belicoso, rechaza las disputas y las riñas y vive en paz con sus vecinos. Reciben la llegada de hombres nuevos con recelo, temiendo por su futuro, pero siempre se muestran amables, nunca se rebelan; a lo más que llegan es a mentir, describiendo Sajalín con tonos exageradamente sombríos, con la esperanza de alejar a los extranjeros de la isla. Recibieron a los compañeros de Kruzenshtern con los brazos abiertos y cuando L. I. Shrenk enfermó, la noticia se extendió a gran velocidad y fue acogida con sincero pesar. Solo mienten cuando comercian o hablan con una persona a la que consideran sospecha o peligrosa, pero antes de formular la mentira intercambian miradas como los niños. Les repugna todo tipo de falsedad o jactancia en la vida diaria, fuera de la esfera de los negocios. Pude convencerme de ello un día, en Ríkovskoie, hablando con dos guiliakos a los que les parecía que estaba mintiendo. Era por la tarde. Los dos guiliakos, uno con barba y otro con rostro mofletudo de mujer, estaban tumbados sobre la hierba frente a la isba de un colono. Pasé a su lado. Me pidieron que me acercara y me rogaron que entrara en la isba y les sacara sus ropas de abrigo, que habían dejado allí por la mañana. Ellos no se atrevían a hacerlo. Les dije que yo tampoco tenía derecho a entrar en una casa ajena cuando no estaba el dueño. Guardaron silencio.


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