El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville »—¡Mueva la luz de un lado a otro de la ventana Watson! —exclamó el baronet—. ¿Ve? ¡La otra también se mueve! ¿Qué nos dice ahora, bribón? ¿Sigue negando que es una señal? ¡Vamos, hable! ¿Quién es su compinche y qué fechorÃa es la que se traen entre manos?
»La expresión de Barrymore se hizo desafiante.
»—Es asunto mÃo y no suyo. No se lo diré.
»—En ese caso deja usted de estar a mi servicio ahora mismo.
»—Muy bien, señor. Si asà ha de ser, asà será.
»—Y se marcha deshonrado. Por todos los demonios, ¡tiene usted motivos para avergonzarse de sà mismo! Su familia ha vivido con la mÃa durante más de cien años bajo este techo, y he aquà que lo encuentro metido hasta el cuello en alguna siniestra intriga en contra mÃa.
»—¡No, señor, no! ¡No en contra de usted!
»Era la voz de una mujer: la señora Barrymore, más pálida y más asustada aún que su marido, se hallaba junto a la puerta. Su voluminosa figura, envuelta en un chal y una falda, podrÃa haber resultado cómica de no ser por la intensidad de los sentimientos que se leÃan en su rostro.
»—Tenemos que marcharnos, Eliza. Esto es el fin. Ya puedes hacer el equipaje —dijo el mayordomo.