El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville Atardecía cuando alcancé la cumbre de la colina; los largos declives que quedaban a mi espalda eran de color verde oro por un lado y gris oscuro por otro. En el horizonte más lejano las formas fantásticas de Belliver y del Risco Vixen sobresalían por encima de una suave neblina. No había sonido ni movimiento alguno en toda la extensión del páramo. Un gran pájaro gris, gaviota o zarapito, volaba muy alto en el cielo. El ave y yo parecíamos los únicos seres vivos entre el enorme arco del cielo y el desierto a mis pies. El paisaje yermo, la sensación de soledad y el misterio y la urgencia de mi tarea se confabularon para helarme el corazón. Al muchacho no se le veía por ninguna parte. Pero por debajo de mí, en una hendidura entre las colinas, los antiguos refugios de piedra formaban un círculo y en el centro había uno que conservaba el techo suficiente como para servir de protección contra las inclemencias del tiempo. El corazón me dio un vuelco al verlo. Aquélla tenía que ser la guarida donde se ocultaba el desconocido. Por fin iba a poner el pie en el umbral de su escondite: tenía su secreto al alcance de la mano.