El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville Mientras me acercaba al refugio, caminando con tantas precauciones como pudiese hacerlo Stapleton cuando, con el cazamariposas en ristre, se aproximara a un lepidóptero inmóvil, comprobé que aquel lugar se había utilizado sin duda alguna como habitación. Un sendero apenas marcado entre las grandes piedras conducía hasta la derruida abertura que servía de puerta. Dentro reinaba el silencio. El desconocido podía estar escondido en su interior o merodear por el páramo. La sensación de aventura me produjo un agradable cosquilleo. Después de tirar el cigarrillo, puse la mano sobre la culata del revólver y, llegándome rápidamente hasta la puerta, miré dentro. El refugio estaba vacío.
Signos abundantes confirmaban, sin embargo, que había seguido la pista correcta. Se trataba del lugar donde se alojaba el desconocido. Sobre la misma losa de piedra donde el hombre neolítico había dormido en otro tiempo se veían varias mantas envueltas en una tela impermeable. En la tosca chimenea se acumulaban las cenizas de un fuego. A su lado descansaban algunos utensilios de cocina y un cubo lleno a medias de agua.