El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —No es el baronet…, es…, ¡mi vecino, el preso fugado! Con febril precipitación dimos la vuelta al cadáver, y la barba goteante apuntaba a la luna, clara y frÃa. No habÃa la menor duda sobre los abultados arcos supraorbitales y los hundidos ojos de aspecto bestial. Se trataba del mismo rostro que me habÃa mirado con cólera a la luz de la vela por encima de la roca: el rostro de Selden, el criminal.
Luego, en un instante, lo entendà todo. Recordé que el baronet habÃa regalado a Barrymore sus viejas prendas de vestir. El mayordomo se las habÃa traspasado a Selden para facilitarle la huida. Botas, camisa, gorra: todo era de Sir Henry. La tragedia seguÃa siendo espantosa, pero, al menos de acuerdo con las leyes de su paÃs, aquel hombre habÃa merecido la muerte. Con el corazón rebosante de agradecimiento y de alegrÃa expliqué a Holmes lo que habÃa sucedido.
—De modo que ese pobre desgraciado ha muerto por llevar la ropa del baronet —dijo mi amigo—. Al sabueso se le ha entrenado mediante alguna prenda de Sir Henry (la bota que le desapareció en el hotel, con toda probabilidad) y por eso ha acorralado a este hombre. Hay, sin embargo, una cosa muy extraña: dada la oscuridad de la noche, ¿cómo llegó Selden a saber que el sabueso seguÃa su rastro?
—Lo oyó.