El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville CapÃtulo IV
Terminamos pronto de desayunar y Holmes, en bata, esperó a que llegara el momento de la entrevista prometida. Nuestros clientes acudieron puntualmente a la cita: el reloj acababa de dar las diez cuando entró el doctor Mortimer, seguido del joven baronet, un hombre de unos treinta años, pequeño, despierto, de ojos negros, constitución robusta, espesas cejas negras y un rostro de rasgos enérgicos que reflejaban un carácter batallador. VestÃa un traje de tweed de color rojizo y tenÃa la tez curtida de quien ha pasado mucho tiempo al aire libre, si bien habÃa algo en la firmeza de su mirada y en la tranquila seguridad de sus modales que ponÃan de manifiesto su noble cuna.
—Sir Henry Baskerville —dijo el doctor Mortimer.
—A su disposición —dijo Sir Henry—, y lo más extraño, señor Holmes, es que si mi amigo, aquà presente, no me hubiera propuesto venir a verlo hoy por la mañana, habrÃa venido yo por iniciativa propia. Según creo, resuelve usted pequeños rompecabezas y esta mañana me he encontrado con uno que requiere más sustancia gris de la que yo estoy en condiciones de consagrarle.
—Haga el favor de tomar asiento, Sir Henry. ¿Si no entiendo mal ya ha tenido usted alguna experiencia notable desde su llegada a Londres?
