El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —Iré con mucho gusto —dije—. No creo que pudiera emplear mi tiempo de mejor manera.
—También se ocupará usted de informarme con toda precisión —dijo Holmes—. Cuando se produzca una crisis, como sin duda sucederá, le indicaré lo que tiene que hacer. ¿Estarán ustedes listos para el sábado?
—¿Le convendrá ese dÃa al doctor Watson?
—No hay ningún problema.
—En ese caso, y si no tiene usted noticias en contra, el sábado nos reuniremos en Paddington para tomar el tren de las 10,30.
Nos habÃamos levantado ya para marcharnos cuando Baskerville lanzó un grito de triunfo y, lanzándose hacia uno de los rincones de la habitación, sacó una bota marrón de debajo de un armario.
—¡La bota que me faltaba! —exclamó.
—¡Ojalá todas nuestras dificultades desaparezcan tan fácilmente! —dijo Sherlock Holmes.
—Resulta muy extraño de todas formas —señaló el doctor Mortimer—. Registré cuidadosamente la habitación antes del almuerzo.
—Y yo hice lo mismo —añadió Baskerville—. CentÃmetro a centÃmetro.
—No habÃa ninguna bota.
—En ese caso tiene que haberla colocado ahà el camarero mientras almorzábamos.