El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Ah, sÃ, en eso no hay mucho misterio. Pero muy pronto lo sabrá usted todo. ¡Qué agradable es el aire de la mañana! Mire cómo flota aquella nubecilla. Parece una pluma rosa de un flamenco gigante. Y ya asoma el borde rojo del sol sobre las nubes de Londres. Lucirá sobre muchÃsima gente, pero me atreverÃa a apostar que entre ella no hay nadie que esté enfrascado en una tarea tan extraña como la nuestra. ¡Qué pequeños nos sentimos, con nuestras insignificantes ambiciones y conflictos, en presencia de las grandes fuerzas elementales de la Naturaleza! ¿Qué tal lleva la lectura de Jean-Paul?
––Bastante bien. Lo descubrà gracias a Carlyle.
––Eso es como remontar el rÃo hasta llegar al lago donde nace. Pues este hombre dice una cosa muy curiosa pero muy profunda: que la principal prueba de la grandeza del hombre está en su capacidad de percibir su propia pequeñez. Eso demuestra una capacidad de comparación y apreciación que es, en sà misma, una prueba de nobleza. Hay mucho alimento para la mente en Richter. No lleva usted pistola, ¿verdad?
––Llevo el bastón.
––Es posible que necesitemos algo por el estilo si llegamos hasta su cubil.
A Jonathan se lo dejo a usted, pero si el otro se pone desagradable, tendré que matarlo de un tiro.