El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Mientras hablaba, sacó su revólver y, tras cargar dos de las recámaras, volvió a guardárselo en el bolsillo derecho de la chaqueta.
Durante todo aquel tiempo nos habíamos dejado guiar por Toby, siguiendo las carreteras semirrurales, flanqueadas de mansiones, que conducen a la metrópoli. Pero ahora empezábamos a meternos ya en calles continuas, donde los trabajadores y obreros del puerto se habían puesto ya en movimiento, mientras mujeres desaliñadas abrían las ventanas y barrían los escalones de las puertas. Los bares de tejado plano de las esquinas habían comenzado ya el negocio, y de ellos salían hombres de aspecto rudo, limpiándose la barba con la manga después de su trago matutino. Perros extraños iban de un lado a otro y nos miraban con curiosidad cuando pasábamos, pero nuestro inimitable Toby no desvió la mirada ni a la derecha ni a la izquierda y siguió trotando hacia delante, con el hocico pegado al suelo y soltando de vez en cuando un gañido de ansiedad que indicaba que el rastro estaba claro.