El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––¿Dice que está fuera? ––preguntó Holmes en tono contrariado––. Pues es una pena, porque querÃa hablar con el señor Smith.
––Lleva fuera desde ayer por la mañana, señor, y la verdad, empiezo a estar preocupada por él. Pero si se trata de alquilar un bote, señor, tal vez yo pueda atenderles.
––QuerÃa alquilar la lancha de vapor.
––Vaya por Dios. Precisamente se marchó en la de vapor. Eso es lo que me extraña, porque sé que con el carbón que llevaba sólo tenÃa para ir hasta Woolwich y volver. Si se hubiera llevado la gabarra, no me extrañarÃa: más de una vez ha tenido que ir hasta Gravesend, y si tenÃa mucho trabajo se quedaba allà a dormir. Pero ¿de qué le sirve una lancha de vapor sin carbón?
––Puede haber comprado más en otro muelle, rÃo abajo.
––PodrÃa hacerlo, pero no es su estilo. Le he oÃdo protestar muchas veces de los precios que cobran por unos pocos sacos. Además, no me gusta ese hombre de la pata de palo, con esa cara tan fea y ese acento extranjero.
––¿Un hombre con pata de palo? ––preguntó Holmes, apenas sorprendido.