El signo de los cuatro

El signo de los cuatro

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––Ésta es la clase de situación en la que pueden resultar utilísimos. Si fracasan, tengo otros recursos; pero primero probaré con ellos. El telegrama iba dirigido a mi pequeño y mugriento teniente Wiggins, y espero que venga a vernos con toda su pandilla antes de que acabemos de desayunar. Eran ya entre las ocho y las nueve, y yo empezaba a notar una fuerte reacción a la serie de emociones de la noche. Estaba agotado y renqueante, con la mente confusa y el cuerpo fatigado. Ni poseía el entusiasmo profesional que hacía aguantar a mi compañero, ni era capaz de considerar el asunto como un mero problema intelectual abstracto. En cuanto a la muerte de Bartholomew Sholto, pocas cosas buenas había oído de él y no sentía demasiada antipatía por sus asesinos. En cambio, lo del tesoro era ya otra cosa. Por lo menos parte del mismo le pertenecía con todo derecho a la señorita Morstan.

Mientras existiera una posibilidad de recuperarlo, yo estaba dispuesto a dedicar mi vida a tal objetivo. Aunque lo cierto era que si lo encontraba, lo más probable sería que ella quedara fuera de mi alcance para siempre. Aun así, muy ruin y egoísta tendría que ser un amor que se dejara influir por una idea semejante. Si Holmes era capaz de esforzarse por encontrar a los asesinos, yo tenía diez veces más razones para esforzarme por encontrar el tesoro.


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