El signo de los cuatro

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Al cabo de un par de noches, habiendo tenido tiempo para ver qué contaban los periódicos y si se sospechaba algo, saldrían en la oscuridad para tomar algún barco en Gravesend o en los Downs, donde sin duda ya habían reservado pasajes para América o las Colonias.

––¿Pero, y la lancha? No podían llevársela a su alojamiento.

––Claro que no. Yo supuse que, a pesar de su invisibilidad, la lancha no debía estar muy lejos. Así que me puse en el lugar de Small y consideré el asunto como lo haría un hombre de su capacidad. Probablemente, pensó que devolver la lancha o dejarla en un embarcadero facilitaría la persecución, en el caso de que la policía le siguiera la pista. ¿Cómo podía ocultar la lancha y aun así tenerla a mano cuando la necesitara? Me pregunté lo que haría yo si estuviera en su pellejo. Sólo se me ocurrió una manera de hacerlo: dejar la lancha en algún astillero donde hagan reparaciones, con el encargo de que hicieran algún arreglo sin importancia. De este modo, la lancha quedaría guardada en alguna nave o cobertizo, perfectamente oculta, y aun así podría disponer de ella avisando con unas horas de anticipación.

––Eso parece bastante sencillo.


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