El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Son estas cosas tan sencillas las que más fácilmente se pasan por alto. En cualquier caso, decidà actuar partiendo de esa idea. Me puse en marcha inmediatamente, disfrazado de inofensivo marino, y pregunté en todos los astilleros rÃo abajo. No saqué nada de los quince primeros, pero en el decimosexto, el de Jacobson, me enteré de que, dos dÃas antes, un hombre con pata de palo habÃa llevado allà el Aurora, para que hicieran algún ligero arreglo en el timón. «Al timón no le pasa nada», me dijo el capataz. «Ahà la tiene, ésa de las rayas rojas.» ¿Y quién cree que se presentó en aquel mismo momento? Pues nada menos que Mordecai Smith, el propietario desaparecido. VenÃa en bastante mal estado, a causa de la bebida. Como es natural, yo no le habrÃa reconocido, pero iba voceando a grito pelado su nombre y el nombre de la lancha. «La quiero para esta noche a las ocho», dijo. «A las ocho en punto, ¿se entera?. Tengo dos caballeros a los que no les gusta esperar.» Estaba claro que le habÃan pagado bien, porque tenÃa dinero en abundancia y estuvo repartiendo chelines a los hombres. Lo seguà durante un trecho, pero se metió en una taberna, asà que volvà al astillero. Por el camino tuve la suerte de encontrarme con uno de mis muchachos y lo dejé de guardia, vigilando la lancha. Tiene instrucciones de quedarse en la orilla y hacer ondear su pañuelo cuando zarpen. Nosotros estaremos al acecho en medio de la corriente y raro será que no logremos atrapar a esos hombres, con tesoro y todo.