El signo de los cuatro

El signo de los cuatro

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––Ya lo creo que lo estaba. En la vida me he llevado un susto tan grande como cuando entré por la ventana y lo vi sonriéndome con la cabeza caída sobre un hombro. Le aseguro que fue un golpe, señor. Habría medio matado a Tonga por hacer aquello si no se llega a escabullir. Precisamente por eso se dejó olvidada su maza y algunos de sus dardos, según me dijo, y apuesto a que fue eso lo que les puso sobre mi pista, aunque no me explico cómo pudo seguirla hasta el fin. No le guardo rencor por ello, pero no deja de resultar extraño ––añadió, con una sonrisa de amargura–– que yo, que tengo derecho a reclamar parte de una fortuna de medio millón, me haya pasado la primera mitad de mi vida construyendo una presa en las Andaman y me vaya a pasar la otra mitad cavando letrinas en Dartmoor. Fue un día nefasto para mí aquél en que puse los ojos sobre el mercader Achmet y entró en mi vida el tesoro de Agra, que no ha hecho sino acarrear la perdición de todo aquel que lo ha poseído. A Achmet le causó la muerte; al mayor Sholto, miedo y remordimientos; y a mí, la esclavitud durante toda una vida.

En aquel momento, Athelney Jones asomó la cara y los hombros al interior del pequeño camarote.



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