El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Le relaté en pocas palabras lo ocurrido desde la última vez que la vi: el nuevo método de búsqueda empleado por Holmes, la localización del Aurora, la aparición de Athelney Jones, nuestra expedición nocturna y la frenética persecución Támesis abajo. Ella escuchaba la narración de nuestras aventuras con los labios entreabiertos y los ojos brillantes. Cuando mencioné el dardo que nos habÃa fallado por tan poco, se puso tan pálida que temà que estuviera a punto de desmayarse.
––No es nada ––dijo, mientras yo me apresuraba a servirle un poco de agua––. Ya estoy bien. Es que me horroriza saber que he puesto a mis amigos en un peligro tan espantoso.
––Eso ya terminó ––respondÖ–. No tuvo importancia. Ya no le contaré más detalles macabros. Pensemos en algo más alegre. Aquà está el tesoro. ¿Puede existir algo más alegre? Conseguà que me autorizaran a traerlo aquÃ, porque pensé que le interesarÃa ser la primera en verlo.
––Me interesa muchÃsimo ––dijo.
Pero no habÃa ningún entusiasmo en su voz. Estaba claro que consideraba que habrÃa sido una descortesÃa por su parte mostrarse indiferente ante un premio que tanto habÃa costado ganar.
––¡Qué caja tan bonita! ––dijo, inclinándose sobre ella––. Hecha en la India, supongo.
––SÃ, artesanÃa de Benarés.