El signo de los cuatro

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El capitán Morstan asintió.

––Mire usted, Small ––dijo el mayor––. Mi amigo y yo hemos estado hablando del asunto y hemos llegado a la conclusión de que, a fin de cuentas, ese secreto suyo no puede considerarse competencia del Gobierno, sino que es un asunto privado; y usted, desde luego, tiene derecho a disponer de él como mejor le parezca. Ahora, la pregunta es: ¿qué precio pediría usted? Si nos pusiéramos de acuerdo en las condiciones, podría interesarnos hacernos cargo del asunto o, al menos, tomarlo en consideración.

Procuraba hablar en tono frío y despreocupado, pero le brillaban los ojos de excitación y codicia.

––En cuanto a eso, caballeros ––respondí, procurando también mostrarme frío, pero sintiéndome tan excitado como él––, sólo hay un trato que pueda hacer un hombre en mi situación. Quiero que ustedes me ayuden a conseguir la libertad, y que hagan lo mismo con mis tres compañeros. Entonces los aceptaremos en la sociedad y les daremos una quinta parte para que se la repartan entre ustedes.

––¡Hum! ––dijo él––. ¡Una quinta parte! Eso no es muy tentador.

––Vendrían a ser unas cincuenta mil libras por cabeza ––dije yo.

––Pero ¿cómo vamos a conseguirle la libertad? Sabe muy bien que pide un imposible.


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