El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Sin embargo, un día me avisaron de que se estaba muriendo. Corrí inmediatamente a su jardín, enloquecido al pensar que se me iba a escapar de las manos de aquella manera. Miré por la ventana y lo vi tendido en su cama, con uno de sus hijos a cada lado. Estaba dispuesto a entrar y enfrentarme a los tres, pero justo en aquel momento vi que se le desplomaba la mandíbula y comprendí que había muerto. A pesar de todo, aquella misma noche entré en su habitación y registré sus papeles para ver si había dejado alguna constancia de dónde estaban escondidas las joyas. Sin embargo, no encontré nada y tuve que marcharme, frustrado y enfurecido a más no poder. Antes de retirarme, se me ocurrió que si alguna vez volvía a ver a mis amigos sikhs, les agradaría saber que había dejado alguna señal de nuestro odio; así que garabateé el signo de los cuatro, igual que en el plano, y se lo clavé en el pecho con un alfiler. No podíamos permitir que lo llevaran a la tumba sin algún recuerdo de los hombres a los que había robado y engañado.