El signo de los cuatro
El signo de los cuatro En fin, si fuera a contarles todas las aventuras que corrimos mi pequeño camarada y yo, no creo que ustedes me lo agradecieran, porque los entretendría aquí hasta después de salir el sol. Fuimos de un lado a otro, dando tumbos por el mundo, y siempre ocurría algo que nos impedía llegar a Londres. Pero en ningún momento perdí de vista mi objetivo. Por las noches soñaba con Sholto. Lo habré matado en sueños cientos de veces. Pero por fin, hace tres o cuatro años, conseguimos llegar a Inglaterra. No me resultó muy difícil averiguar donde vivía Sholto, y me propuse descubrir si había vendido el tesoro o todavía lo tenía en su poder. Hice amistad con alguien que estaba en condiciones de ayudarme, y no doy nombres, porque no quiero meter en líos a nadie más, y pronto averigüé que aún tenía las joyas. Entonces intenté llegar hasta él de muchas maneras; pero era un tipo astuto, y siempre tenía dos boxeadores protegiéndolo, además de sus hijos y su khitmutgar.