El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Entonces se me ocurrió una idea extraña, y supe dónde podía conseguir un arma. Me senté en la oscuridad y solté las correas de mi pata de palo. Con tres largos saltos a la pata coja, caí sobre él. Se llevó la carabina al hombro, pero yo le golpeé de lleno, hundiéndole toda la parte delantera del cráneo.
Todavía se ve la muesca en la madera, donde pegó el golpe. Los dos caímos al suelo juntos, porque yo no pude mantener el equilibrio, pero cuando me incorporé vi que él se quedaba caído e inmóvil. Salté a la canoa y en menos de una hora estábamos ya bastante mar adentro. Tonga se había llevado todas sus posesiones, sus armas y sus dioses. Entre otras cosas, tenía una larga lanza de bambú y varias esteras de palma de cocotero, con las que construí una especie de vela. Navegamos sin rumbo fijo durante diez días, confiando en la suerte, y al undécimo nos recogió un barco mercante que iba de Singapur a Yidda con un pasaje de peregrinos malayos. Era una gente bastante rara, pero Tonga y yo tardamos muy poco en instalarnos entre ellos. Tenían una buena cualidad: que te dejaban en paz y no hacían preguntas.