El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Tonga, que asà se llamaba, era un hábil piragüista y poseÃa una canoa grande y espaciosa. Cuando comprendà que sentÃa devoción por mà y que harÃa cualquier cosa por ayudarme, vi la oportunidad de fugarme. Hablé con él del asunto. Le dije que llevara su canoa cierta noche a un viejo embarcadero que nunca estaba vigilado y que me recogiera allÃ. Le indiqué además que llevara varias calabazas de agua y un buen montón de ñames, cocos y batatas.
¡Qué firme y leal era el pequeño Tonga! Nadie tuvo jamás un camarada más fiel. La noche convenida, llevó su bote al embarcadero. Pero dio la casualidad de que allà se encontraba uno de los guardias del presidio, un asqueroso afgano que jamás habÃa dejado pasar una ocasión de insultarme y humillarme. Yo habÃa jurado vengarme de él, y ahora tenÃa la oportunidad.
Era como si el destino lo hubiera puesto en mi camino para que saldara cuentas con él antes de abandonar la isla. Estaba de pie a la orilla del agua, de espaldas a mÃ, con la carabina al hombro. Busqué una piedra con la que aplastarle los sesos, pero no encontré ninguna.