El signo de los cuatro

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Desde aquel día, viví sólo para la venganza. Pensaba en ella de día y me recreaba en ella por la noche. Se convirtió en una pasión absorbente que me dominó por completo. No me importaba nada la ley, ni me asustaba la horca. Escapar, seguirle la pista a Sholto, echarle la mano al cuello… aquellos eran mis únicos pensamientos. Incluso el tesoro de Agra se había convertido para mí en algo secundario, comparado con matar á Sholto.

Pues bien, en esta vida yo me he propuesto muchas cosas, y jamás hubo una que dejara de hacer. Pero pasaron largos años hasta que llegó mi momento.

Ya les he dicho que había aprendido algo de medicina. Un día, cuando el doctor Somerton estaba en cama con fiebre, un grupo de presos recogió en el bosque a uno de aquellos pequeños nativos de las Andamán. Estaba mortalmente enfermo y había buscado un lugar solitario para morir. Me hice cargo de él, aunque era tan venenoso como una cría de serpiente, y al cabo de un par de meses lo tuve curado y capaz de andar. A partir de entonces, me cogió cariño y se quedó siempre rondando alrededor de mi cabaña, sin regresar casi nunca a su bosque. Aprendí de él un poco de su idioma, y esto hizo que se encariñara aún más conmigo.


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