El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Creo que no tengo más que contarles. HabÃa oÃdo a un barquero hablar de lo veloz que era la lancha de Smith, la Aurora, y pensé que nos vendrÃa muy bien para escapar. Me puse de acuerdo con el viejo Smith, y pensaba pagarle una fuerte suma si nos llevaba a salvo a nuestro barco. Supongo que Smith se daba cuenta de que aquà habÃa gato encerrado, pero no sabÃa nada de nuestro secreto. Esta es toda la verdad, y si se la he contado no ha sido para divertirlos, ya que ustedes me han jugado una mala pasada, sino porque creo que mi mejor defensa consiste en no ocultar nada y dejar que todos sepan lo mal que se portó conmigo el mayor Sholto y lo inocente que soy de la muerte de su hijo.
––Un relato extraordinario ––dijo Sherlock Holmes––. Un cierre apropiado para un caso sumamente interesante. En la última parte de su narración no habÃa nada nuevo para mÃ, excepto lo de que llevó usted la cuerda. Eso no lo sabÃa. Por cierto, tenÃa la esperanza de que Tonga hubiera perdido todos sus dardos, pero se las arregló para dispararnos uno en la lancha.
––Los habÃa perdido todos, excepto el que llevaba montado en la cerbatana.
––Ah, claro ––dijo Holmes––. No se me habÃa ocurrido.
––¿Hay algún otro detalle que deseen preguntarme? ––preguntó el preso en tono afable.