El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Au revoir––replicó nuestra visitante, y tras dirigirnos a cada uno una mirada animada y amable, se guardó la caja de las perlas y se retiró presurosa.
Me asomé a la ventana y la vi caminando calle abajo a buen paso, hasta que el turbante gris y la pluma blanca quedaron reducidos a una manchita entre la sombrÃa multitud.
––¡Qué mujer tan atractiva! ––exclamé, volviéndome hacia mi compañero.
Éste habÃa vuelto a encender su pipa y estaba recostado con los párpados entornados.
––¿Ah, s� ––dijo con languidez––. No me he fijado.
––Desde luego, es usted un autómata, una máquina de calcular ––exclamé– –. A veces, tiene usted cosas decididamente inhumanas.
Holmes sonrió amablemente.