El signo de los cuatro

El signo de los cuatro

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En el Lyceum, la muchedumbre se apretujaba ya ante las entradas laterales.

Delante de la puerta principal discurría con estrépito una continua sucesión de coches de dos y cuatro ruedas, que descargaban sus cargamentos de caballeros con pechera almidonada y damas cubiertas de chales y diamantes.

Apenas habíamos llegado a la tercera columna, lugar de nuestra cita, cuando nos abordó un hombre menudo, moreno y ágil, vestido de cochero.

––¿Son ustedes las personas que vienen con la señorita Morstan? –– preguntó.

––Yo soy la señorita Morstan, y estos dos caballeros son amigos míos –– dijo ella.

El hombre nos miró de refilón, con ojos increíblemente penetrantes e inquisitivos.

––Tendrá que perdonarme, señorita ––dijo con cierto tono obstinado––, pero tengo que pedirle que me dé su palabra de que ninguno de sus acompañantes es agente de policía.

––Le doy mi palabra ––respondió ella.


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