El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Estábamos en septiembre y aún no eran las siete de la tarde, pero había hecho un día muy desapacible, y una niebla densa y húmeda se extendía a poca altura sobre la gran ciudad. Por encima de las calles embarradas flotaban tristes nubarrones del mismo color que el barro. A lo largo del Strand, las farolas eran meros borrones de luz difusa, que proyectaban un débil reflejo circular sobre el resbaladizo pavimento. Las luces amarillas de los escaparates se difuminaban en el aire cargado de vapores, esparciendo un turbio y palpitante resplandor por la concurrida avenida. Me daba la impresión de que había algo misterioso y fantasmal en la interminable procesión de rostros que atravesaban fugazmente las estrechas franjas de luz: rostros tristes y alegres, angustiados y felices. Como la totalidad del género humano, pasaban velozmente de las tinieblas a la luz, sólo para volver a sumirse en las tinieblas. No soy fácil de impresionar, pero aquella tarde lúgubre y sombría, combinada con el extraño asunto en el que nos habíamos embarcado, había conseguido deprimirme y ponerme nervioso. Por la manera de actuar de la señorita Morstan, me di cuenta de que ella sentía algo parecido. Sólo Holmes estaba por encima de tan funestas influencias.
Sostenía su cuaderno de notas abierto sobre las rodillas, y de vez en cuando trazaba números y anotaciones, a la luz de su linterna de bolsillo.