El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Puedo darle toda la información al respecto ––dijo él––. Y lo que es más, puedo hacerle justicia. Y lo haré, diga lo que diga mi hermano Bartholomew.
Me alegro de que hayan venido sus amigos, no sólo para escoltarla, sino también para que sean testigos de lo que me dispongo a hacer y decir. Entre los tres podremos hacer frente a mi hermano Bartholomew. Pero que no intervengan extraños. Ni policÃas ni funcionarios. Podemos arreglarlo todo perfectamente entre nosotros, sin ninguna interferencia. Nada molestarÃa tanto a mi hermano Bartholomew como la publicidad.
Se sentó en un canapé bajo y nos miró inquisitivamente, sin dejar de guiñar sus ojos azules, miopes y acuosos.
––Por mi parte ––dijo Holmes––, lo que usted vaya a decirnos quedará entre nosotros.
Yo asentà para mostrar mi conformidad.
––¡Perfecto! ¡Perfecto! ––dijo Sholto––. ¿Le apetece un vaso de chianti, señorita Morstan? ¿O de tokay? No tengo ninguna otra clase de vino. ¿Quiere que abra una botella? ¿No? Muy bien. ConfÃo en que no pondrá objeciones al tabaco, al balsámico olor del tabaco oriental. Estoy un poco nervioso y mi hookah es para mà un sedante maravilloso.