El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––¡Pero piense en ello! ––dije yo con ardor––. ¡Calcule lo que le cuesta! Es posible que, como usted dice, le estimule y aclare el cerebro, pero se trata de un proceso patológico y morboso, que va alterando cada vez más los tejidos y puede acabar dejándole con debilidad permanente. Y además, ya sabe qué mala reacción le provoca. La verdad es que la ganancia no compensa la inversión. ¿Por qué tiene que arriesgarse, por un simple placer momentáneo, a perder esas grandes facultades de las que ha sido dotado? Recuerde que no le hablo sólo de camarada a camarada, sino como médico a una persona de cuya condición fÃsica es, en cierto modo, responsable.
No pareció ofendido. Por el contrario, juntó las puntas de los dedos y apoyó los codos en los brazos de la butaca, como si disfrutara con la conversación.
––Mi mente ––dijo–– se rebela contra el estancamiento. Deme problemas, deme trabajo, deme el criptograma más abstruso o el análisis más intrincado, y me sentiré en mi ambiente. Entonces podré prescindir de estÃmulos artificiales. Pero me horroriza la aburrida rutina de la existencia. Tengo ansias de exaltación mental. Por eso elegà mi profesión, o, mejor dicho, la inventé, puesto que soy el único del mundo.
––¿El único investigador particular? ––dije yo, alzando las cejas.
