El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Nuestro guÃa nos habÃa dejado el farol. Holmes lo giró lentamente a nuestro alrededor y observó con atención la casa y los montones de tierra removida que salpicaban el terreno. La señorita Morstan y yo nos quedamos juntos, cogidos de la mano. ¡Qué cosa tan maravillosamente sutil es el amor! Allà estábamos los dos, que nunca nos habÃamos visto hasta aquel dÃa, que no habÃamos intercambiado ni una palabra, ni tan siquiera una mirada de cariño, y sin embargo, ahora que pasábamos un momento de apuro, nuestras manos se habÃan buscado instintivamente. Siempre que pienso en ello me maravilla, pero en entonces me pareció la cosa más natural volverme hacia ella, y ella me ha contado a veces que también fue el instinto el que la hizo recurrir a mà en busca de protección. Y asà nos quedamos, cogidos de la mano como dos niños, y habÃa paz en nuestros corazones a pesar de todas las cosas siniestras que nos rodeaban.
––¡Qué lugar tan extraño! ––dijo ella, mirando alrededor. ––Parece como si hubieran soltado por aquà a todos los topos de Inglaterra. He visto algo parecido en la ladera de una montaña de Ballarat, donde habÃan estado los buscadores de oro.
––Y por los mismos motivos ––dijo Holmes––. Éstas son las huellas de los buscadores de tesoros. Recuerden que han estado buscándolo durante seis años. No es de extrañar que el terreno parezca una cantera de grava.