El signo de los cuatro

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En aquel momento, la puerta de la casa se abrió de golpe y Thaddeus Sholto salió corriendo, con los brazos extendidos y una expresión de terror en sus ojos.

––¡A Bartholomew le ha ocurrido algo malo! ––gritó––. Estoy asustado. Mis nervios no aguantan más.

Efectivamente, balbuceaba de miedo y su rostro gesticulante y débil, que asomaba sobre el gran cuello de astracán, tenía la expresión desamparada de un niño asustado.

––Entremos en la casa ––dijo Holmes con su tono firme y decidido.

––¡Sí, entremos! ––gimió Thaddeus Sholto––. La verdad, no me siento capaz de dar órdenes.

Todos le seguimos a la habitación del ama de llaves, que se encontraba a la izquierda del pasillo. La anciana estaba andando de un lado a otro con gesto asustado y dedos inquietos, pero la presencia de la señorita Morstan pareció ejercer en ella un efecto tranquilizador.

––¡Dios bendiga su cara dulce y serena! ––exclamó con un sollozo histérico––. ¡Es un consuelo verla! ¡Ay, qué día tan espantoso he pasado!


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