El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Nuestra acompañante le dio unas palmaditas en las manos huesudas y estropeadas por el trabajo, y murmuró algunas palabras de consuelo, amables y femeninas, que devolvieron el color a las mejillas cadavéricas de la pobre mujer.
––El señor se ha encerrado y no me responde ––explicó––. He estado todo el dÃa esperando que llame, porque a veces le gusta estar solo sin que le molesten, pero hace una hora temà que pasara algo malo, subà a su cuarto y miré por el ojo de la cerradura. Tiene usted que subir, señor Thaddeus… , tiene que subir y verlo usted mismo. Llevo diez largos años viendo al señor Bartholomew Sholto, en momentos buenos y momentos malos, pero jamás lo he visto con una cara como la que tiene ahora.
Sherlock Holmes tomó el farol y abrió la marcha, ya que a Thaddeus Sholto le castañeteaban los dientes y estaba tan trastornado que tuve que pasarle la mano bajo el brazo para sostenerlo cuando subÃamos las escaleras, porque le temblaban las rodillas.