El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Me agaché para mirar por el agujero y retrocedà horrorizado. La luz de la luna entraba en la habitación, iluminándola con un resplandor difuso y desigual. Mirándome de frente y como suspendida en el aire, ya que todo lo demás estaba en sombras, habÃa una cara… , la mismÃsima cara de nuestro compañero Thaddeus. TenÃa el mismo cráneo puntiagudo y brillante, la misma orla circular de pelo rojo, la misma palidez en el rostro. Sin embargo, sus facciones estaban contraÃdas en una sonrisa horrible, una sonrisa agarrotada y antinatural, que en aquella habitación silenciosa y a la luz de la luna resultaba más perturbadora que cualquier contorsión o mal gesto. Tanto se parecÃa aquel rostro al de nuestro pequeño amigo que me volvà a mirarlo para asegurarme de que seguÃa con nosotros. Sólo entonces me acordé de que nos habÃa dicho que su hermano y él eran gemelos.
––¡Es terrible! ––le dije a Holmes––. ¿Qué hacemos?
––Hay que echar abajo la puerta ––respondió, lanzándose contra ella y aplicando todo su peso sobre la cerradura.
La puerta crujió y gimió, pero no cedió. De nuevo nos lanzamos contra ella, los dos juntos, y esta vez se abrió con un súbito chasquido y nos encontramos dentro de la habitación de Bartholomew Sholto.