El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Pero es que lo romántico estaba ahà ––repliqué––. Yo no podÃa alterar los hechos.
––Algunos hechos hay que suprimirlos o, al menos, hay que mantener un cierto sentido de la proporción al tratarlos. El único aspecto del caso que merecÃa ser mencionado era el curioso razonamiento analÃtico, de los efectos a las causas, que me permitió desentrañarlo.
Me molestó aquella crÃtica de una obra que habÃa sido concebida expresamente para agradarle. Confieso también que me irritó el egoÃsmo con el que parecÃa exigir que hasta la última frase de mi folleto estuviera dedicada a sus actividades personales. Más de una vez, durante los años que llevaba viviendo con él en Baker Street, habÃa observado que bajo los modales tranquilos y didácticos de mi compañero se ocultaba un cierto grado de vanidad. Sin embargo, no hice ningún comentario y me quedé sentado, cuidando de mi pierna herida. Una bala de jezad la habÃa atravesado tiempo atrás y, aunque no me impedÃa caminar, me dolÃa insistentemente cada vez que el tiempo cambiaba.
