El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––¡SÃ, el cómplice! ––repitió Holmes, pensativo––. Esta cuestión del cómplice tiene aspectos interesantes. Es lo que eleva el caso por encima de la vulgaridad. Me da la impresión de que este cómplice abre nuevos campos en los anales del crimen en este paÃs… , aunque se han dado casos similares en la India y, si no me falla la memoria, en Senegambia.
––A ver: ¿cómo entró? ––insistÖ–. La puerta está cerrada, la ventana es inaccesible. ¿Entró por la chimenea?
––La rejilla es demasiado pequeña ––respondió––. Ya habÃa considerado esa posibilidad.
––Pues entonces, ¿cómo? ––insistÃ.
––Se empeña en no aplicar mis preceptos ––dijo él, meneando la cabeza––. ¿Cuántas veces le he dicho que si eliminamos lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, tiene que ser la verdad? Sabemos que no entró por la puerta, ni por la ventana, ni por la chimenea. También sabemos que no podÃa estar escondido en la habitación, ya que no hay escondite posible. Asà pues, ¿por dónde entró?
––¡Por el agujero del techo! ––exclamé.
––Pues claro. Tiene que haber entrado por ahÃ. Si tiene la amabilidad de sujetar la lámpara, extenderemos nuestras investigaciones al cuarto de arriba. El cuarto secreto donde se encontró el tesoro.