El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Se subió a la escalerilla y, agarrándose a una viga con cada mano, se izó hasta el desván. Luego se tumbó boca abajo para recoger la lámpara y la sostuvo mientras yo le seguÃa.
La cámara en la que nos encontrábamos medÃa unos tres metros por dos. El suelo estaba formado por las vigas, con listones y yeso entre medias, de manera que habÃa que andar poniendo los pies de viga en viga. El techo abuhardillado terminaba en punta y era evidentemente la parte interior del verdadero tejado de la casa. No habÃa muebles de ninguna clase, y en el suelo se acumulaba el polvo de muchos años en una gruesa capa.
––Ahà lo tiene. ¿Lo ve? ––dijo Sherlock Holmes, apoyando la mano en la pared inclinada––. Aquà hay una trampilla que da al tejado. La empujo y aquà está el tejado mismo, levemente inclinado. Asà pues, por aquà entró el Número Uno. Veamos si podemos encontrar alguna otra huella de su personalidad.
Dejó la lámpara en el suelo y al hacerlo vi que, por segunda vez en aquella noche, en su rostro aparecÃa una expresión de sorpresa y sobresalto. En cuanto a mÃ, seguà su mirada y sentà un escalofrÃo bajo mis ropas. El suelo estaba cubierto de huellas de pies desnudos: claras, bien definidas, perfectamente formadas, pero apenas la mitad de grandes que las de un hombre normal.