El signo de los cuatro

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––Eso es lo que se me ocurrió a mí desde el instante mismo en que vi los músculos contraídos de la cara. En cuanto entré en la habitación, lo primero que busqué fue el medio empleado para inocular el veneno. Como usted vio, encontré una espina en el cuero cabelludo, clavada o disparada sin mucha fuerza. Fíjese en que, si el hombre estaba sentado derecho, la espina se clavó en la parte que daba al agujero del techo. Y ahora, examinemos la espina.

La cogí con cuidado y la sostuve a la luz de la linterna. Era larga, afilada y negra, con una especie de esmalte hacia la punta, como si allí se hubiera secado alguna sustancia resinosa. El extremo romo había sido cortado y redondeado con un cuchillo.

––¿Es una espina inglesa? ––preguntó Holmes.

––No, desde luego que no.

––Pues con todos estos datos, ya debería usted haber sacado alguna deducción correcta. Pero aquí llegan las fuerzas oficiales; lo mejor será que las fuerzas auxiliares nos batamos en retirada.

Mientras Holmes hablaba, los pasos se habían ido acercando y ya resonaban con fuerza en el pasillo. Un hombre muy corpulento y de aire autoritario, vestido con un traje gris, entró dando zancadas en la habitación.


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