El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes La puerta del apartamento del tercero izquierda estaba entornada. Gregson la abrió de un empujón. En el interior reinaban el silencio y la oscuridad más absolutos. Encendí una cerilla, y con ella la linterna del inspector. Cuando la llamita se convirtió en una llama estable, todos soltamos una exclamación de sorpresa. Sobre el entarimado del suelo sin alfombrar se veía un rastro de pisadas ensangrentadas. Aquella roja pista apuntaba en nuestra dirección, procedente de una habitación interior, cuya puerta estaba cerrada. Gregson la abrió de par en par y sostuvo la linterna delante de él, mientras todos los demás atisbábamos ansiosos por encima de sus hombros.
En medio del suelo de la habitación vacía yacía la figura encogida de un hombre gigantesco, con el rostro moreno y afeitado contraído en una horrible mueca y la cabeza rodeada por un espantoso halo rojo de sangre, que se extendía en un amplio y húmedo círculo sobre el blanco entarimado. Tenía las rodillas levantadas, las manos extendidas en un gesto de agonía, y en el centro de su robusto cuello, vuelto hacia arriba, sobresalían las cachas blancas de un cuchillo clavado hasta la empuñadura. Al recibir aquel terrible golpe, el gigante debía de haberse desplomado como un buey abatido por el mazo del matarife. En el suelo, junto a su mano derecha, había un impresionante puñal de dos filos con empuñadura de asta y un guante negro de piel de cabritillo.